5.1.07

LOS REYES DE LA CASA

Mañana vendrán los Reyes Magos de Oriente. Estos son días dedicados a los niños, así que nada mejor que publicar un cuento infantil escrito y registrado hace ya un par de años. Podéis leerlo a los críticos más exigentes para saber si les gusta. Seguro que siempre darán su opinión, y además sincera.
(nota: los uricates no existen)

Manchitas de la Selva
Hoy se celebra una reunión en la selva. Han venido animales desde todos los rincones. Hermosas aves de colores han anunciado durante la mañana la celebración de esta asamblea. Son las tres en punto de la tarde y en el claro más amplio entre la espesa vegetación de la jungla están reunidos el monarca, Don León III, su fiel consejero el elefante, Don Trompa Limpia, Doña Rosita, la hipopótamo con su hijo menor, el señor Rayado, la cebra jefe en representación de su manada, y así se podría citar a la mayoría de los vecinos de tan gran comunidad: antílopes, hienas, monos y rinocerontes. En esta ocasión hay una especie en apuros. En realidad es un único miembro de esa especie el que tiene problemas. El nuevo bebé de las jirafas es un tanto especial. Los allí convocados examinan al pequeño con detalle pero todos lo encuentran perfecto.
El señor uricate le dice:
- Chiquitín, da una vuelta a esa roca. Que te veamos correr.
El señor Boa opina que es un cachorro muy ágil.
El rey está bastante desconcertado. Por un lado, el pequeño se ve saludable y risueño, por otro, las caras de las jirafas presentes demuestran todo lo contrario, ladeando de lado a lado con ojos llenos de lástima.Los demás animales también ponen gestos, pero de extrañeza, y el murmullo de los cuchicheos va en aumento. Se preguntan los unos a los otros a lo disimulado: “Oye, ¿tú le notas algo raro?”.
Así que el magnánimo rey de la selva decide romper el hielo y despejar las dudas de una vez por todas.
- Madre de Manchitas –así se llama la pequeña jirafa- dime, ¿qué es lo que tanto te preocupa de tu criatura?
- Cuando crezca se morirá de hambre porque yo ya no le podré alimentar. Tendré otros hijos de los que ocuparme.
- ¿Y...?- perplejo medita el león por unos instantes- ¿por qué no podrá comer?, ¿acaso no tiene boca?
- Majestad, ¿no se ha fijado en su cuello?
- No veo nada peculiar.
-Es demasiado corto, alteza. Nunca antes nació uno de los nuestros con tan poco cuello.
El murmullo se reavivó con fuerza: “Anda, es verdad. No tiene cuello, el pobre”
- Calma buena señora, aclaró Don León III, seguro que le crece con el tiempo. Tampoco es para llorar así.
- Si no le crece, podríamos estirárselo- propuso Don Trompa Limpia- El señor Rinoceronte tiene un novedoso sistema patentado: ataríamos la cabeza de Manchitas al tronco de un árbol y las patas a otro árbol, luego tiraríamos varios animales pesados de ambos árboles desde el extremo de otras cuerdas, y siguiendo el tratamiento durante meses algo le crecería el pescuezo. Esa es mi teoría.
El elefante esperó en vano los aplausos de reconocimiento a su brillante propuesta.
- Me niego a que le hagan eso a mi hijo. No quiero que sufra. Además, ¿ha sido probado ese método antes?
A lo que terriblemente ofendido contesta el señor Rinoceronte:
- Señora Jirafa, todos mis inventos dan resultado.
- Lo malo- dijo Don Mono Listo- es que no sabemos si se le va a estirar el cuello o las patas.
Callaron todos ante tan sabias palabras.
-Verán amigos míos. El problema de mi hijo no es tontería, es muy grave. Si nosotras las jirafas tenemos un cuello tan largo, no es por capricho, es para llegar a las ramas más altas de los árboles y comer siempre con la seguridad de abastecimiento continuo. Nuestras patas son tan largas para equilibrar el peso de un cuello tan, tan largo. Sin embargo, mi pequeño tiene la cabeza pegada al tronco y no podrá alimentarse ni de los árboles porque no llega, ni de hierba, como alguno de los aquí reunidos ha sugerido, porque sus patas no le permiten agacharse para acercar su cabeza al suelo. Cada vez que lo intenta se cae y le cuesta mucho levantarse. Si ahora le es duro erguirse, imagínense de adulto.
Los especimenes allí congregados agacharon las cabezas apesadumbrados.
- No nos dejemos vencer por la resignación. No se preocupe, usted - dijo el consejero elefante- encontraremos una solución para Manchitas. Convocaremos un concurso de ideas. El ganador recibirá alimento durante un año entero. En una semana de plazo daremos con una buena ocurrencia que servirá de ayuda. Ya lo verá.
-¡Hurra!- Gritaron los animales juntos.
Así que se pusieron todos a discurrir en sus casas. Muchos no pegaron ojo por las noches. La tarea era tan complicada que hizo rendirse a la mayoría. Pero la semana, pasó y se han vuelto a reunir para conocer las ideas resultantes. Sólo dos animales van a entrar a concurso: Mono Avispado, sobrino de Don Mono Listo, y Kokoduro, el cocodrilo. El primero ha robado un elixir preparado por el chaman de una tribu humana. Parece ser que es un líquido milagroso que todo lo cura. Manchitas simplemente tiene que beber de la calabaza que contiene el líquido mágico y, acto seguido, le crecerá el cuello. El segundo ha construido unas alas con las que Manchitas llegará volando a las copas de los árboles. De esta manera siempre comerá las hojas más tiernas. Además la señora Avestruz ha cedido varias de sus plumas con lo cual las alas son preciosas. Nadie se fía de los productos humanos. Por votación el invento de Kokoduro es elegido. La pequeña jirafa tendrá que entrenar duro para aprender a manejar semejantes utensilios emplumados. Ya se está probando cómo le quedan, cuando una de las plumas le roza el hocico, y entonces se escucha un fuerte ¡Atchús!.
Un clamor de asombro recorre la jungla. Todos quedan estupefactos. A Manchitas le apareció el cuello al estornudar. Ya es como sus compañeros. Sólo había nacido con él encogido y por eso con el estornudo se le estiró. La señora Jirafa es muy feliz. Manchitas ve todo desde otra perspectiva a partir de ahora.

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